Paula García Navarro se trasladó hace cuatro años desde Valencia a Carboneras de Guadazón con la esperanza de construir una vida familiar tranquila en la Serranía Media conquense. Su marido encontró trabajo en Motilla del Palancar y allí nació su segundo hijo. Sin embargo, la realidad educativa de su hijo mayor, Tiago, ha convertido esa tranquilidad en una batalla diaria.
Tiago tiene cinco años y presenta Trastorno del Espectro Autista (TEA). No habla, tiene una discapacidad reconocida del 40 % y aún utiliza pañal, lo que exige una atención constante dentro del entorno escolar. «Mi hijo necesita una persona pendiente de él en todo momento«, explica su madre.
El pasado curso escolar, el centro educativo solicitó a la Administración la incorporación de una pedagoga terapéutica, una logopeda y un Acompañante Terapéutico (AT). Finalmente, solo llegaron los dos primeros recursos. «El Acompañante Terapéutico nunca llegó. El curso pasado no mandaron a nadie y este año solo estuvo menos de un mes», denuncia Paula.
La AT asignada comenzó a finales de noviembre y finalizó su contrato el 19 de diciembre. «No llegó ni a un mes y desde entonces no hemos vuelto a saber nada«, lamenta. Una ausencia que, según explica, tiene consecuencias directas en el día a día de su hijo.
El Acompañante Terapéutico es la figura encargada de cambiarle el pañal, acompañarlo en el patio, supervisarlo constantemente, asistirle en excursiones y apoyarlo dentro del aula. «Desde que no está, mi hijo está más desorientado, más disperso. Necesita a alguien que lo levante, que lo siente y que le ayude a integrarse«, explica.
Actualmente, Tiago es atendido por su tutora y la pedagoga terapéutica del centro, quienes, de manera voluntaria, realizan tareas que no les corresponden. «Ellas no tienen obligación de cambiarle el pañal ni de acompañarlo constantemente. Es un favor que le hacen a mi hijo«, subraya Paula.

La madre asegura que el colegio volvió a solicitar el recurso antes de finalizar el contrato de la AT, sin obtener respuesta. «Desde la Delegación en Cuenca nos dijeron que habían enviado toda la documentación a la Consejería de Educación en Toledo. Cuando llamé allí, me dijeron que no sabían nada. Nadie da explicaciones», afirma.
En total, la familia lleva dos cursos escolares prácticamente sin Acompañante Terapéutico: «El curso pasado entero y este, menos de un mes».
La falta de apoyo especializado preocupa especialmente por la seguridad del menor. «Mi hijo no es consciente del peligro. Se pierde por el patio, hay que orientarlo constantemente. El otro día se estaba comiendo hojas de los árboles. No puede hablar y no entiende el riesgo», relata.
Paula reconoce que la situación solo se sostiene gracias al reducido número de alumnos por aula. «Son clases de seis o siete niños y la tutora puede estar más pendiente. Si hubiera más alumnos, no sé si podría llevarlo al colegio«, confiesa.
Esta situación, advierte, no es exclusiva de su hijo. Desde la Asociación Provincial de Autismo de Cuenca (APACU) le han confirmado que existen otros casos similares en la capital. «Hay más madres en mi misma situación«, afirma.
Finalmente, lanza un llamamiento a las administraciones públicas: «Necesito esta ayuda para mi hijo, Tiago. No tengo posibilidad económica de trasladarme a otro sitio a vivir. Solo pido que se dediquen los recursos necesarios a estos niños«.
Un testimonio que visibiliza una problemática que afecta a numerosas familias y que reabre el debate sobre la educación inclusiva y la dotación real de recursos especializados en los centros educativos de Cuenca capital.