Valdemoro-Sierra, un diminuto pueblo de la sierra de Cuenca con apenas un centenar de habitantes, ha vuelto a tener un punto de encuentro gracias a un joven de 22 años. Mario Pérez, nacido en Valencia y nieto de vecinos del lugar, ha convertido el Bar Haro en el nuevo epicentro social de la comarca, reabriendo un local que llevaba casi diez años cerrado.
Mario llegó al pueblo con 20 años para trabajar de camarero, buscando la independencia que veía imposible en su ciudad natal. «En Valencia independizarse es totalmente imposible; aquí vi la oportunidad real de avanzar», contaba recientemente a El Digital de Cuenca. Cuando surgió la opción de alquilar el bar de la plaza, no lo dudó. Lo bautizó Bar Haro, el mismo nombre del negocio que tuvo su abuelo en Valencia. «Es la persona más orgullosa del pueblo y estoy muy contento de continuar ese nombre», explicaba.
Aunque estudió un grado superior en gestión forestal, siempre sintió que, si algún día emprendía, sería en hostelería. No por vocación, reconoce, sino por conocer el oficio de cerca. «Una vez aprendes cómo funciona el negocio, te ves capaz de hacerlo solo, sin depender de nadie», indicaba. Además, abrir su propio bar le daba la estabilidad que no encontraba como empleado. «Llegó un punto en que no veía futuro si no creaba mi propia oportunidad».
El impacto fue inmediato
El 11 de julio abrió las puertas y el impacto fue inmediato. Aquella primera noche vendió más de 25 cajas de botellines, 10 de tercios y tres barriles de 30 litros. «No ocurre en ningún otro pueblo. Aquí se bebe muchísimo y la demanda es enorme», afirmaba entre risas. En pocas semanas, jóvenes de Cañete, Carboneras, Valdemeca o La Huerta de Marquesado empezaron a desplazarse hasta Valdemoro-Sierra para disfrutar de un ocio que no encuentran en sus pueblos.
La plaza del pueblo, habitualmente silenciosa, comenzó a llenarse de grupos de más de treinta personas los fines de semana. «Flipan porque en sus localidades no hay ningún sitio abierto para salir», contaba Mario. Ese ambiente ha transformado la dinámica del municipio, y el bar se ha convertido en el único espacio vivo para la juventud en varios kilómetros a la redonda.
«No es trabajar, sino vivir»
Mantenerlo no ha sido sencillo, pero Mario lo ha hecho «con recursos propios y aprendiendo a vivir dentro del bar». Para él, la frontera entre vida y trabajo es difusa. «Es como tener una casa con el comedor abierto. La gente viene, pide una cerveza, y aprendes a vivir dentro del bar. No lo veo como trabajar, sino como vivir», explicaba. Algunas noches duerme incluso allí para estar pendiente de todo.
Aun así, es consciente de las dificultades del sector. «La hostelería está jodida», afirmaba sin rodeos. Cree que su caso funciona porque es joven y sin cargas familiares, pero que hoy resulta complicado sostener un negocio como los de antes. «Antes un bar daba para mantener a una familia; ahora muchos trabajan de camarero porque no les queda otra».
Gran impulso para el municipio
El Ayuntamiento y los vecinos, que al principio lo miraban con escepticismo, reconocen ahora el impulso que ha dado al pueblo. Mario aseguraba que su prioridad es seguir viviendo allí mientras el bar funcione. «Aquí encuentro la tranquilidad que nunca tuve en la ciudad. Puedo trabajar para vivir, no vivir para trabajar», destacaba.
Por eso animaba a otros jóvenes a atreverse a dar el paso hacia lo rural. «Si el miedo es lo único que te detiene, adelante». Y advertía: en los pueblos todo se construye con cercanía y respeto. «Aquí no se trata de ser más listo que los demás. Cada pequeño gesto positivo da frutos». Su propio ejemplo lo demuestra, a base de iniciativa y constancia, ha devuelto vida a un rincón que parecía condenado al silencio.