A finales del siglo XVIII, Alonso Núñez de Haro y Peralta, hijo de Villagarcía del Llano y arzobispo de México, promovió la construcción de la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, reemplazando un antiguo templo en ruinas. La tradición local sostiene que el edificio se levantó con torres gemelas y elementos propios del estilo colonial que Núñez de Haro conoció en la Nueva España. Hoy, este pueblo conquense conserva la huella imborrable de uno de los personajes más influyentes nacidos en la provincia.
Villagarcía del Llano: un pueblo pequeño con una historia enorme
Los documentos históricos confirman que Villagarcía, conocida antiguamente como Las Casas de Gil García, fue un pequeño enclave de la Tierra de la Jara hasta su segregación en 1667. En el siglo XVI ya contaba con una capilla atendida por un cura propio, gracias al apoyo del Cabildo de Cuenca, que financió los gastos espirituales de la comunidad.
El historiador Braulio Marcos Huerta, en su obra sobre los pueblos de la diócesis de Cuenca, describe que en 1579 la localidad tenía 140 vecinos y más de 400 personas en comunión, lo que demuestra que era una población viva y organizada. También recoge que en 1655, al revisar las cuentas parroquiales, la iglesia local generaba más de 11.000 maravedíes, prueba de su actividad y relevancia.
Sin embargo, la verdadera transformación del pueblo llegó en el siglo XVIII.

La obra del hijo más ilustre: Alonso Núñez de Haro y Peralta
La Geografía de Tomás Mauricio López (1796), facilitada por el historiador Ignacio de la Rosa Ferrer, ofrece uno de los testimonios más valiosos sobre Villagarcía del Llano: «Es natural de este pueblo el Excelentísimo Señor Don Alonso Núñez Haro y Peralta, Arzobispo de México, que era Virrey Capitán General interino en 1787; y a sus expensas se erige esta magnífica parroquia.»
Es decir, el texto del propio siglo XVIII confirma que la iglesia se construyó gracias a la financiación directa del arzobispo. Núñez de Haro, nacido en el pueblo en 1729, llegó a ser una de las autoridades más importantes de Nueva España: arzobispo de México desde 1772 hasta su muerte en 1800 y virrey interino durante unos meses en 1787. Su posición y poder económico hicieron posible lo que de otro modo habría sido inviable para una localidad tan pequeña.
Una iglesia que impresionó incluso a los eruditos de la época
El libro de Braulio Marcos Huerta aporta además una descripción muy precisa, procedente de testimonios de mediados del siglo XX, sobre la apariencia original del templo: «La iglesia parroquial que había sido construida a finales del siglo XVIII, a expensas de don Alonso Núñez de Haro y Peralta, en estilo californiano mejicano, con ostentosa fachada flanqueada por dos hermosas torres, con tres naves de grandes dimensiones y con retablos de escayola.»
Aunque algunos detalles arquitectónicos no pueden documentarse al cien por cien —como el estilo «californiano mexicano»— sí se conserva la tradición local que lo vincula con influencias coloniales, probablemente inspiradas en las iglesias que Núñez de Haro conoció en México. La iglesia contaba originalmente con nueve altares, retablos de madera y un monumental órgano. Durante la Guerra Civil, según el mismo autor, gran parte del patrimonio religioso fue destruido.
Un legado que sobrevive más allá de los siglos
Villagarcía del Llano, aun siendo un pueblo pequeño, tuvo la fortuna de ver nacer a uno de los personajes más influyentes de la historia de la Iglesia en América. Y gracias a él, cuenta hoy con un templo que no solo es símbolo de fe, sino también de la estrecha conexión histórica entre Cuenca y México.
Los testimonios del siglo XVI, XVII y XVIII reunidos por Braulio Marcos Huerta y por Tomás Mauricio López —aportados para este artículo por el historiador Ignacio de la Rosa Ferrer— permiten afirmar que: La iglesia parroquial de Santiago Apóstol es, probablemente, el edificio histórico más importante ligado a un conquense que alcanzó el máximo poder en la Nueva España.
Un legado único en toda la provincia. Hoy, más de dos siglos después, la iglesia de Villagarcía del Llano no es solo un templo: es el símbolo de cómo un hijo de un pequeño pueblo conquense llegó a lo más alto en la Nueva España y nunca olvidó sus raíces. Una historia que, como tantas otras en la provincia de Cuenca, sigue recordándonos que los grandes legados también nacen en los lugares más humildes.
