Emilio Morales, el ilusionista del arte abstracto en Cuenca

Prepara un homenaje a Millares para octubre de 2026 con representación artística de medio mundo y una exposición sobre el eclipse total de sol

Su hall es un museo. A la derecha el taller, a la izquierda su casa. Cogemos el primer desvío. El ventanal a Carretería avisaba del cataclismo que se le vino encima cuando a los veinte años el mismísimo Zóbel le dijo que solo tenía eso, 20 años, y con 40 ya sería, si acaso, pintor: «Tiene que haber luz, si no hay luz nada». Entre sus lienzos y pinceles, casi arrodillado entre restos de sus ideas, Emilio Morales se alza vivo con sus ilusiones artísticas entre las manos. Algunas solo en boceto, otras ya forman parte de un legado.

«¿Habrás visto lo desordenado que es un estudio de un pintor?», reflexionaba para sí en voz alta y quitando importancia al tópico de que los artistas encuentran la genialidad en el caos: «Yo casi siempre trato de tener los pies en el suelo», bromeaba. Vale la pena hojear el libro que lleva su nombre, escrito por Julio Calvo, bajo el título ’40 años de Arte’, para empaparse de las influencias que ha ido experimentando a lo largo de su trayectoria hasta consagrarse como pintor abstracto: «Bueno, la pintura siempre es un pretexto porque va arraigada en nuestros genes, fue el medio de expresión más antiguo y de alguna forma estamos agarrados a la figuración».

Parte de un contexto impresionista de análisis de la luz, pero también ha tenido contacto con artistas expresionistas alemanes y de la movida madrileña que le han abierto los ojos a la hora de expresarse. «Los pintores siempre estamos aprendiendo», decía sosteniendo la mirada en silencio y sin olvidar la influencia del realista Antonio López.

La mesa del artista/ Néstor Robaina
Taller de Morales en Carretería/ Néstor Robaina

SUS APELLIDOS, GESTO Y COLOR

El gesto para Morales significa mucho de lo que siente interiormente y, por eso, se pasa mucho tiempo pensando antes de lanzarse al lienzo en blanco: «Ten en cuenta que mi pincelada ahora mismo es gestual y tengo que hacer algún apunte cuando no estoy seguro para ver cómo tengo que realizarla».

Comparando su paleta de color con la de una amiga suya afectada por la nube tóxica de Chernóbil puso de manifiesto cómo ha ido conformando su concepto y la capacidad creadora de diferentes estilos según los países: «Para mí las altas luces son el amarillo donde están los brillos y para ella era la desolación. El naranja para mí significa luz. El rosado, un tono entre luz y sombra, para ella significaba sangre y muerte. Para mí los marrones y los negros son el cero, para ella el luto completo».

En la actualidad se encuentra creando sobre el negro. Explora un gesto concreto de la pincelada y trata de dar una «veladura» sobre la tonalidad negra que tiene que ver con humedales, «igual que la actuación del acarminado como reflejo de luz en la sombra y el amarillo como tono luminoso que sobre el negro crea un efecto verdoso».

Detalle de su taller en el centro de Cuenca/ Néstor Robaina

En definitiva, quiere demostrar que el sol, que tiene unos rayos amarillentos, da su sombra sobre una tonalidad oscura negra y crea el verdoso con una unión que es la clave. «Hay un punto que manda en ese cuadro y si no es por él no sería nada, un toque de amarillo de Nápoles en la parte superior izquierda equilibra el cuadro», explicó mientras enseñaba complaciente su obra.

Morales ensalza el arte abstracto, alejado de cualquier superposición aleatoria de manchas/ Néstor Robaina

«Me gusta mucho aportar mis sentimientos y ordenar la luz», insistía mientras mostraba un cuadro de la laguna de La Celadilla y explicaba los dos dos remolinos que acabaron con la vida de un lugareño. Y así transcurría su relato, entre libros de exposiciones y comisariados: «Esto fue en Corea, expuse con Iturralde, un pintor vinculado con el Grupo ‘El Paso’ y fue un éxito porque están impresionados con la llaman la ‘Escuela de Cuenca’; aquí me eligieron para representar la bandera del país y fue espectacular».

Cinco metros de altura es lo más grande que tiene pintado. «Este que veis aquí es la salida de los coches de Fórmula 1; este otro de una inundación que hubo en la roca del caballo en el Júcar; este habla del coronavirus…; aquí analizo las distintas luces del invierno de Cuenca al atardecer en un día gris, si os fijáis se ven semáforos y gente cruzando los pasos de cebra», narraba para su atento público.

Cuadro que pintó durante la época del coronavirus/ Néstor Robaina

UN PINTOR QUE ACABÓ TOREANDO EL PANORAMA ARTÍSTICO DE SU CIUDAD

En realidad este artista conquense de Mota del Cuervo lleva más de 40 años obedeciendo a contracorriente una vocación que en la familia, a pesar de que sus abuelos por parte de padre eran pintores, venía un poco grande porque su mayor orgullo era verle vestido de luces: «Me llevaban a la finca de Luis Miguel Dominguín para sacarme partido y toree alguna vaquilla, pero me daban miedo los toros y no lo lograron» (risas). Lo que finalmente no le dio miedo fue torear el panorama artístico de su ciudad y sacudirlo desde el ámbito de la docencia con otras formas de interpretación y un prisma diferente.

«Una cosa que quiero hacer pronto en Cuenca, gracias al director del Museo Arqueológico, es una nueva versión del Centro de Artistas y Artesanos que estaba ubicado en el Museo de las Ciencias, para recuperar el ambiente cultural plástico de la ciudad», avanzó a El Digital de Cuenca, enseñando un puñado de folios y aportando como aval sus 36 exposiciones de comisario, muchas de ellas con artistas internacionales.

Momento ideal para recordar la exposición de 113 señales de tráfico que tanto le costó autorizar en el camino de San Isidro, basada en sus vivencias de niño en la carretera de Mota: «Pinté una señal como un mito, Obras Públicas la mandaba al pintor que yo decía de cada país y curiosamente nos encontramos que estábamos desmitificando una señal de diferente forma, ya que no era lo mismo aquí que en Egipto, ¡vino gente de todos los sitios del mundo!».

A sus ojos todavía le brillan cientos de ilusiones por crear/ Néstor Robaina

UN ILUSIONISTA ES AQUEL AL QUE LE GUSTA CREAR ILUSIÓN

Que nunca se haya hecho algo no es algo que le frene, al revés, le da más vida. Morales puede presumir de que no haya nadie que haya comisariado tantas exposiciones y como bien exclama él mismo: «¡Me gusta crear ilusión en la gente!». Sus tertulias culturales en el Ruiz dan buena cuenta de que el centenario de Manolo Millares no quedará sin su toque: «Arte Facto para la Paz consiste en que cada uno de estos artistas que yo he llamado van a crear una máquina para la paz, con lo cual les he creado una ilusión y me lo dicen así, ‘Emilio eres capaz de ilusionarlos’, porque el arte y la sociedad ahora mismo da la sensación de que no tiene sensibilidad». El homenaje a Millares para octubre del año que viene recopilará la obra de medio mundo: Italia, Filipinas, Irak, Portugal, Corea, Rusia, Alemania, Japón, Francia, Portugal, Egipto…

Junto a ello, trabaja para una exposición que le han invitado en Madrid y en Guadalajara sobre el eclipse total de sol en agosto: «Estoy estudiando el arte y el pensamiento antiguo de los romanos y griegos, lo que era para ellos un eclipse, de alguna forma la antigüedad es empezar de nuevo, pero la oscuridad que ellos veían no estaba vacía».

Pintor, está claro. Como mago también. Pero Emilio Morales también podría así vestido pasar por rockero, con sus botas de tacón punteagudas, al más puro estilo Bunbury, y sus rizos platinos al viento: «Los viejos rockeros nunca mueren, ja, ja, ja». Y se atrevió con el chiste a modo de despedida: «¿Por qué me gustan las rocas de Cuenca? ¡Porque soy muy rockero!» (más risas).

El desvío de la izquierda y su incalculable valor sentimental quedará para el recuerdo. No conviene hacer spoiler.

Almudena Collado

Redactora de El Digital de Cuenca. Nacida en Cuenca. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación en radio y televisión como Cadena COPE, CMM y profesora de Onda Radio en Universidad Francisco de Vitoria.
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