La llegada del otoño no pasa desapercibida para quien ama la naturaleza en el corazón de la Serranía de Cuenca. El silencio de los montes se rompe con un sonido profundo y ancestral: la berrea del ciervo y la ronca del gamo, los reclamos con los que ambos anuncian su celo y marcan territorio. Desde mediados de septiembre hasta mediados de octubre, los bosques conquenses se convierten en escenario de uno de los fenómenos más intensos y salvajes del calendario natural.
Un concierto en plena naturaleza
Las noches otoñales de la Sierra dejan de ser silenciosas para transformarse en un auténtico concierto natural. Potentes berridos y roncos bramidos se expanden por colinas, hoces y barrancos, llevando un eco de vida que recorre todo el Parque Natural de la Serranía de Cuenca.
El Monumento Natural del Nacimiento del Río Cuervo, la Muela de la Madera, Palancares y Tierra Muerta, la dehesa de Cotillas, el entorno del embalse de la Toba o la Fuente de la Tía Perra son algunos de los enclaves donde este espectáculo se vive con mayor intensidad. Allí, los machos hacen gala de su fuerza y su instinto, desafiando a otros competidores para ganarse el derecho de perpetuar la especie.

Un ritual ancestral marcado por la sequía
Este año, la berrea llega condicionada por la falta de lluvias. La prolongada sequía ha reducido la calidad del pasto y, con ello, la fortaleza de los animales. Muchos machos han desarrollado cornamentas más pequeñas de lo habitual y afrontan el celo con menor energía, lo que podría alargar el periodo y hacerlo más discreto que en temporadas anteriores. «La sequía ha tenido un impacto evidente. Los animales llegan más delgados, con menos reservas y eso se nota en su comportamiento. La berrea está siendo más pausada, menos intensa, aunque igualmente fascinante», explica Fernando Beamud, naturalista y vecino en la Serranía de Cuenca.
La sensación de que el campo «no ha otoñado» como corresponde a la estación se deja notar en todo el entorno. Aun así, los ciervos mantienen su instinto, y sus bramidos resuenan cada tarde y cada amanecer en las zonas altas de la Serranía, recordando que la naturaleza sigue su curso, aunque el clima lo altere.

Un espectáculo para los sentidos
Cada año, fotógrafos, senderistas y amantes de la fauna se acercan hasta estos parajes para disfrutar de un espectáculo sonoro difícil de olvidar. La mejor hora para vivirlo es al amanecer o al atardecer, cuando la luz tenue del día se mezcla con los sonidos de la vida salvaje.
Escuchar la berrea del ciervo o la ronca del gamo es sumergirse en un momento único, en el que la naturaleza muestra su lado más puro y primitivo. En la Serranía de Cuenca, el otoño no solo se ve ni se huele: también se escucha.