El conquense Santiago García, natural de la pedanía de Cólliga (Cuenca), sufrió en primera persona la devastadora DANA que el pasado 29 de octubre arrasó Paiporta. Atrapado durante horas entre el agua y el barro, perdió su taller de fontanería, varios vehículos y gran parte de sus herramientas de trabajo. Hoy, meses después, sigue denunciando la falta de ayudas y recuerda aquellos momentos como «un verdadero estado de pánico».
Un recuerdo lleno de barro
«Lo recuerdo todo lleno de barro. Estaba en el taller cuando comenzó a entrar el agua. Conseguí cerrarlo, pero no pude llegar a mi casa, que está a apenas 200 metros. Me quedé atrapado en la esquina con mi yerno y cuatro chicas durante cerca de tres horas, hasta que desde un piso de arriba —donde vive mi hermana— nos tiraron una cuerda y subimos uno a uno. Fue un momento angustioso, porque una de las chicas entró en pánico y no podíamos tranquilizarla», relata.

El nivel del agua alcanzó los dos metros en su taller y hasta «dos metros y pico» en el centro del municipio. «Si llego a cruzar la calle no estaría aquí, porque la riada me habría arrastrado con todo lo que llevaba por delante», recuerda con crudeza.
Las consecuencias fueron devastadoras: «Perdí tres furgonetas, la moto de la empresa y mi coche particular. Todo se lo llevó el barro, junto a herramientas y maquinaria. El taller está abierto, pero no como antes. A veces necesito un tornillo y no lo encuentro, prefiero ir a comprarlo. He tenido que volver a trabajar, aunque todo está muy mal todavía».
Un proceso de ayudas lleno de trabas
Más allá de los daños, Santiago denuncia las dificultades que ha encontrado como autónomo para acceder a las ayudas:
«Los particulares cobraron antes que nosotros. Yo recibí antes el seguro de mi coche particular que el de las furgonetas de la empresa. Nos vimos en desventaja. El presidente Mazón dio una ayuda de 2.000 euros a los damnificados, pero al principio los autónomos no tuvimos derecho a ella. Después sí, pero con muchas pegas. Por tener un trabajador en nómina, no me la querían dar. Ha sido de risa, lleno de trabas».
Explica además que incluso con las ayudas del ICO todavía no ha recibido lo que le corresponde: «Me deberían devolver 5.000 euros por gasoil, pero a día de hoy sigo esperando. Sin embargo, por el coche particular sí recibí la ayuda. He tenido que comprar dos furgonetas para seguir adelante y no queda otra que aguantar».

La vida en el barrio tras la riada
En su barrio, muchos vecinos siguen intentando rehacer sus vidas. «Algunos bajos ya no se van a volver a abrir. Queda mucho por arreglar, en mi finca por ejemplo el ascensor aún no baja al sótano. En el pueblo están actuando en el barranco del Pollo, que fue el epicentro de la riada, pero queda mucho trabajo».
La sensación de indefensión continúa muy presente: «Al día siguiente estaba en shock y muchos meses después seguía muy tocado. Fue durísimo. En aquel momento no teníamos cobertura, los teléfonos estaban muertos en el bolsillo por el agua. Todo fue un caos, un verdadero estado de pánico».
«Se podían haber evitado vidas humanas»
Santiago lanza una reflexión final: «Creo que se podían haber evitado tantas vidas humanas perdidas. Los daños materiales eran inevitables, porque vino muchísima agua, pero sí podían habernos avisado antes. Yo no recibí ninguna alerta, me enteré cuando ya estaba atrapado entre el agua y el barro. Fue una tragedia de la que muchos todavía no nos hemos recuperado».