Saque de esquina, falta, fuera de juego, cambio, saque de banda. Estas son las órdenes que a Raquel Díaz le sacuden el frío, el sueño, las lesiones o los pequeños achaques del día a día para estar en primera línea, nunca mejor dicho. Es asistente de Primera con las chicas, o sea, los ojos y oídos del árbitro, en este caso árbitra, y quizá una figura menos vistosa en pantalla, pero sin la que el partido sería un juego con pies, pero sin cabeza.
Desde el principio se decantó por este modo de arbitraje, con sus dos banderines corriendo en la banda, dando las indicaciones pertinentes por el pinganillo y controlando los banquillos para que jugadores y entrenadores no se alteren de más, no se metan en el campo o no insulten: «Tengo que estar pendiente de que no molesten mientras se está haciendo una revisión de jugada (con una tecnología VAR pero low cost) y si molesta alguien pues comunicarlo para que se le sancione con amarilla o expulsión». O sea, que los jugadores estén sentados, aunque el entrenador se ponga de pie y proteste, pero sin excederse. Una función que en Primera tiene el plus de contar con un cuarto árbitro para que ella pueda estar más pendiente de ayudar a la árbitra en el campo.
El hecho de ser chica en un mundo predominantemente de chicos no la frena ni la intimida. Puede estar un rato de broma, pero cuando se pasan de la raya empieza su función y cambia el chip totalmente: «Sí me hacen caso, la verdad. Al final llevo un montón de años y me conocen. Hombre, te tienes que imponer y ponerte seria, luego cambio, pero siempre con educación» (risas). Sabe cuál es el límite entre la broma y la convicción, simplemente se centra en lo que tiene que hacer.

LA CHICA QUE CON 16 AÑOS QUERÍA ASCENDER
Raquel empezó a salir con el fútbol cuando tenía 16 años y se apuntó a un curso con una amiga que le enganchó por el «buen rollo» que había. «¡Éramos una piña!», recordaba con melancolía aquellos tiempos de cenas y quedadas para ver el fútbol. «Siempre me ha encantado y mira que en mi casa mi padre era futbolero, pero de los demás nadie»… Hubo un año que entrenaba al voleibol, fútbol y fútbol sala. Fue cuando se metió a árbitro y se decantó por el fútbol, más que nada porque el arbitraje le daba algo de dinero: «Con 16 años, aunque me ganara el fin de semana 40 euros, ¡para mí eso era…!» (gloria bendita quería decir).

Le gustaba el fútbol y quería ascender, pero todas las chicas que empezaron con ella se retiraron y se quedó sola. Hasta que un año la llamaron: «Yo pitaba en Tercera, llevaría ya 5 años arbitrando, como empecé en 2010 me llamaron en 2015 para ascender». Y siguió de árbitro hasta que en Primera le hicieron elegir: «Me gustaba más ser asistente, desde que entré siempre he querido ser asistente, probé las dos cosas, pero me gustaba más esa función».
En Segunda B solo estuvo un año, mientras que en Primera lleva 8 años y ascendió solo un año después de que se creara la categoría en aras de la proyección de las chicas en este deporte: «Ahora mismo estoy en Primera División Femenina y en Tercera masculina». Valoró las diferencias entre ambos perfiles, calificando la primera como un juego «más lento y limpio» y el segundo «más rápido e intenso»: «Una entrada en Femenina puede ser roja y con los chicos no».



VIAJEROS CUENCA
Raquel Díaz viaja todos los fines de semana por toda España, aunque tiene sus preferencias: «No de un campo en sí, pero hay veces que meten los partidos del Femenino en estadios del masculino y eso mola, cuando te mandan a Mestalla, al Riazor… Hay más gente, más ambiente». ¿No como en la Fuensanta (risas)? «La Fuensanta también es un buen campo, he pitado una vez allí de árbitra, el estadio está bien». Pero fuera de Castilla-La Mancha aprovecha para conocer mundo y visitar la ciudad el día de antes con los compañeros del gremio.
Físicamente las pruebas de árbitro y asistente son similares y la exigencia es muy alta: «Me graban todos los partidos y al día siguiente analizan si lo he hecho bien, además va un informador a vernos al encuentro y hace su informe de evaluación, ¡lo tengo asumido!, ja, ja, ja». Aun así, a la primera que le fastidia equivocarse es a ella, sobre todo cuando un fuera de juego acaba en gol si lo ha anulado: «Ahí nos ponen un error grave. Luego, al final de temporada miran los aciertos y los fallos y evolucionas en función de esos resultados». También depende de los exámenes físicos que realiza cada tres meses: agosto, noviembre o diciembre y febrero. Eso significa que todos los días tiene que ir al gimnasio, a las pistas o a correr por ahí: «Según la semana… ayer estuve haciendo miles en las pistas, hoy me voy al gimnasio, mañana me toca correr».


UN RELOJ GARMIN QUE VUELCA DATOS DE ENTRENAMIENTO
Se alegró de que en la actualidad tenga un contrato que refleja sus horas de trabajo y entrenamiento, de hecho, tiene que llevar un reloj conectado a una app que registra los datos de sus entrenos. Solo en el caso de que una semana esté un poco lesionada puede comunicar a sus dos jefas o al director técnico la prescripción del fisio para bajar un poco el ritmo y no forzar (como cuando una fascitis la tuvo tres meses sin poder moverse). «Tengo que justificar las horas de trabajo», suspiró. Se suma a esto los seminarios de formación quincenales para visualizar jugadas y extraer un aprendizaje de forma didáctica. Así pasa que cuando ve el fútbol por ocio sigue con la mentalidad del trabajo y se fija en todo lo que hace el árbitro, criticando lo malo y lo bueno.
Mirar al futuro tiene un precio porque todos los años suben y bajan tres asistentes, y luego suben y bajan dos árbitras. «Yo estoy bien, pero claro, llega el final de la temporada y tienes que esperar a ver si te mantienen o te bajan», atisbó. De momento, las cosas que se pierde en Cuenca los fines de semana las compensa haciendo turismo y, sobre todo, con la sensación de orgullo profesional de estar haciendo algo que le encanta a un nivel con el que siempre ha soñado.







