En Villaconejos de Trabaque, un pequeño pueblo de la provincia de unos 325 habitantes, según el Instituto Nacional de Estadística en 2024, el tiempo parece detenerse cuando se contempla el oficio de Pilar. María del Pilar Pérez Crespo, conocida simplemente como Pilar, es la última artesana del mimbre de la localidad, y su historia es la memoria viva de un oficio que, con el paso de los años, se ha ido apagando.
Comenzó con 17 años, en un taller local junto a un grupo de amigas. Lo que empezó como una actividad para pasar el tiempo y ganar un poco de dinero se convirtió en una pasión y en su medio de vida. Junto a su marido, ambos artesanos, han dedicado más de 40 años a mantener vivo un oficio que requiere paciencia, constancia y creatividad.
«Me gusta tratar con la gente, crear cosas nuevas, piezas nuevas… siento que cuando deje esto me va a doler», confiesa Pilar a El Digital de Cuenca, mientras recuerda cómo el taller era un espacio de aprendizaje y de unión para los jóvenes del pueblo.
Un oficio que resiste al tiempo
En los años 80, Villaconejos de Trabaque llegó a contar con alrededor de 80 artesanos de mimbre. Hoy, Pilar es la única. En consecuencia, la producción de mimbre ha sufrido un descenso drástico. Mientras que en su apogeo se cosechaban más de tres millones de kilos, hoy apenas se llegan a 200.000 kilos, reflejo del declive de este oficio tradicional.
Las técnicas siguen siendo las mismas, pero la demanda ha cambiado: se hacen cestas de pan de masa madre o cestas para setas. Pilar, sin embargo, guarda un cariño especial a las caracoleras, una pieza de origen catalán que considera especialmente artística.
«Estos oficios están perdurando gracias al amor propio que tenemos los artesanos. A la administración, cero», afirma, señalando la falta de apoyo institucional y la dificultad para transmitir el oficio a las nuevas generaciones.
Considera que, desde las administraciones, los autónomos tienen que estar “más protegidos” fiscalmente y, los artesanos, piensa que “más aún” porque este sector “forma parte de nuestro patrimonio, no es un trabajo al uso”, asegura Pérez.

El arte de trabajar el mimbre
El proceso del mimbre es laborioso y meticuloso. Va desde plantar y cuidar las varillas hasta cortarlas, clasificar, cocer y remojar antes de tejerlas en el taller. Cada pieza, por pequeña que sea, requiere concentración y horas de trabajo. Una cesta pequeña puede tardar una hora, mientras que una grande puede requerir días.
A la hora de hablar de lo que es su medio de vida, se le nota la pasión que tiene por el oficio donde con cuatro varillas puedes crear arte, mostrando la magia que se esconde detrás de cada curva y cada trenza. «Para mí es algo muy especial, que cojas cuatro varillas de mimbre y empiezas a montar la base de una cesta y de ahí veas cómo va creciendo».
En los talleres que organiza con excursiones de niños y adultos, les explica todo el proceso del mimbre y, al final, hacen una pequeña pieza para que comprendan cómo se empieza y cómo se termina, descubriendo cómo con solo unas pocas varillas se puede crear algo tan valioso.
Para aquel que quiera comenzar en este oficio su consejo es que le “dedique tiempo, porque tiene muchas posibilidades y estás aprendiendo siempre”. Por el momento, con el pensamiento de que “el día que yo me jubile se cierra el taller y ya no queda nadie en la zona que lo haga”.
Los clientes lo saben y, a pesar de sus limitaciones derivadas por problemas de salud, se acercan con la esperanza de poder tener una pieza de las manos de Pilar antes de que llegue su último día de trabajo. “Hay muchos clientes que me dicen: ‘mira Pilar, aunque te jubiles, a mi me lo tienes que hacer’. Yo nunca les digo que no, nunca se sabe, pero una vez que te jubilas y lo dejas, pues es complicado”.
Con todo, asegura que su sector tiene futuro, pero “hay que encontrar las personas que estén dispuestas a sacrificarse y a vivir de otra manera”.
Un legado inmortalizado
El trabajo de Pilar ha quedado también recientemente plasmado en un mural realizado por el grafitero Adrián Mateo, conocido artísticamente como Dridali, en la fachada del Museo del Mimbre del pueblo. Allí, sus manos terminan una pieza, con el pueblo de fondo, recordando a todos los visitantes el valor de un oficio que ha dado identidad y vida a Villaconejos de Trabaque.

Admite que el resultado “es bonito y a la gente le gusta”. A pesar de que, por diferentes motivos, no ha podido coincidir con el artista para reconocerle su trabajo, le está profundamente agradecida.

Pilar sigue trabajando a diario, aunque reconoce que la jubilación se acerca y con ella el fin de una tradición local. La falta de relevo juvenil y las dificultades del oficio manual en el mundo moderno hacen que su taller sea el último bastión del mimbre en la zona.
En sus manos, cada cesta, bandeja o caracolera no es solo un objeto: es memoria, paciencia y arte.