Su pose y su gesto lo dicen todo. Les gusta su trabajo. Y ya que están, no les disgusta que se dé a conocer. Por eso dice Marías que el hombre que pierde sus raíces es un hombre muerto. Por eso Abraham Zafra y Gustavo Saiz, propietarios de los árboles y de la maquinaria respectivamente, están más vivos que nunca a lomos de su tractor, satisfechos con las mejoras tecnológicas que les brinda el paraguas diseñado para abrazar el tronco de los almendros y agitar sus ramas para que suelten el fruto.
En esta ocasión, el truco no es el de la leche de la almendra, sino el del esfuerzo del agricultor que labra la tierra desde que sale el sol hasta su ocaso.



UN ÁRBOL MUY CASTELLANOMANCHEGO
Al almendro le gusta el clima seco de Castilla-La Mancha, pues prospera con veranos de mucho sol y fríos inviernos. En el municipio conquense de Valverde de Júcar la recolección de los almendrucos sigue su ritual en verano hasta finales de septiembre, a lo largo de una decena de hectáreas y cuando se terminen de abarcar los más de mil almendros de la propiedad.
La señal de que es el momento ideal para la recogida la marca la propia almendra cuando deja ver su cáscara marrón y rompe su corteza exterior.

Así es como se van llenando, jornada tras jornada, los remolques de kilos de almendrucos, una vez cribado el primer cascarón, para su secado y comercialización posterior. A partir de aquí, la elaboración para el consumo mayoritario va en gustos, pues este fruto seco se puede comer en crudo o tostado con un poco de sal.



En las ciudades, con el proceso de industrialización, quizá se haya olvidado la dureza de su corteza marrón. No obstante, en los pueblos de Cuenca, seguirán pasando por alto la molestia de tener que partirla, y continuarán transmitiendo de abuelos a nietos cuál es el verdadero truco del almendruco.