Con las hojas del calendario avanzando en la segunda quincena de agosto, Cuenca se engalana para honrar a su patrón, San Julián, segundo obispo de la ciudad. El bochorno veraniego se despide y, con él, se pone fin al ciclo estival en la capital y en la provincia, tras las celebraciones de los barrios conquenses iniciadas en mayo.
Cuenca rinde culto a San Julián en varias fechas del año: el 28 de enero, cuando «se hiela el agua en el puchero» y los fieles peregrinan hasta su ermita en el «Tranquilo Lugar»; el 5 de septiembre, con misa en el altar del Transparente y procesión por las naves de la catedral; y, sobre todo, en agosto, cuando las fiestas patronales alcanzan su máximo esplendor. Aunque nacido en Burgos en 1128, dedicó toda su vida a la comunidad conquense, por lo que la ciudad lo reconoce como a uno de los suyos.
Estas jornadas festivas invitan a hacer un alto en el camino y disfrutar en familia y con amigos de un programa variado. Son días de reencuentros, cuando la ciudad multiplica su población y los que emigraron regresan con la ilusión del recuerdo juvenil.

Las mañanas están dedicadas a los niños en el parque del Vivero, donde conviven títeres, cuentacuentos e hinchables junto al popular «Chupagrifos». Las tardes reservan protagonismo a la Feria Taurina y al Concurso Hípico Nacional de Saltos, citas imprescindibles del calendario festivo. Y las noches, bajo la luna de San Julián, laten al ritmo de la música: bandas históricas y grupos actuales encienden la última movida del verano.
El parque de San Julián se convierte en escenario improvisado de actuaciones musicales, teatrales y folclóricas, con su templete como testigo fiel. Las fiestas arrancan con el pasacalle del «duro despertar», protagonizado por gigantes, cabezudos y dulzaina, sorprendiendo a propios y extraños en un casco antiguo de postal, con el Puente de San Pablo y las Casas Colgadas como fondo de película.

Vuelven los tradicionales fuegos artificiales, suspendidos durante décadas, que pondrán el broche final a las fiestas, con la aspiración de incorporar en el futuro un concurso nacional o incluso internacional de pirotecnia que haga brillar con arte y color el perfil pétreo de Cuenca. Sería un cierre espléndido para unas celebraciones que, aun sin artificios, ya son emblema de tradición, reencuentro y orgullo compartido.

Con su eco en las hoces del Júcar y del Huécar, las fiestas de San Julián abren el camino hacia el septiembre de San Mateo, pero antes dejan grabado en el corazón de los conquenses el nombre de quien fue su padre y protector.
¡Loor a San Julián en sus fiestas!