El 9 de marzo de 1995 abría sus puertas en Cuenca el primer supermercado de Mercadona. Lo hacía en la Estación, en el centro comercial número 2600, y lo que entonces era un mundo laboral nuevo para muchos trabajadores, se convirtió con el paso del tiempo en una segunda familia, en un lugar de vida compartida y de recuerdos imborrables.
Muchos recuerdan todavía el olor a pintura fresca de aquel primer día, las estanterías recién montadas y llenas de productos “Hacendado”, una novedad para todos, también para la población conquense. La expectación de los primeros clientes era la misma que la de los últimos de ayer, porque, al fin y al cabo, esa tienda siempre fue la tienda del barrio de “La Estación”.

Pasa por mi memoria la imagen de aquel niño que, de la mano de su madre, cruzaba tímido la puerta. Hoy, tres décadas después, regresa con paso firme para llenar la cesta de su propia familia. El tiempo se ha deslizado entre las estanterías como un río sereno, dejando en cada recodo un recuerdo, un gesto, una palabra.
Vuelven a mí los cafés tempranos, antes de comenzar la jornada, o los que se robaban en el descanso, cuando el aroma del café se mezclaba con las risas y los chascarrillos que daban calor a las mañanas frías. Recuerdo también la neblina de las cámaras de congelado, donde las carcajadas se convertían en nubes blancas que parecían jugar a esconderse entre cajas y palés.
Y permanece, inmutable, el saludo fiel de cada día, a la misma hora, al mismo cliente, como un rito que el tiempo no ha podido desgastar. Son esas pequeñas constancias, casi invisibles, las que terminan tejiendo la verdadera memoria de un lugar y de las personas que lo habitan.
Fueron los pioneros de la cadena en nuestra ciudad. Todo era nuevo: el sistema de trabajo, la organización, la relación con los clientes. Para algunos fue el primer empleo, para otros un salto profesional, pero todos compartieron la ilusión de emprender un proyecto desconocido.

Han pasado treinta años y, en ese tiempo, la tienda ha sido testigo de mil y una historias: de compañerismo, de esfuerzo diario, de aprendizaje conjunto. Muchos de aquellos primeros trabajadores ya no están en la empresa; algunos incluso nos han dejado para siempre, como mi amigo y compañero Rafael Torres Ruíz, que soñaba con ser el mejor vendedor y lo consiguió. Pero la mayoría siguió su camino allí, en el mismo centro, fieles a su vocación y al trato cercano con los clientes.
Porque si algo caracterizó siempre a la tienda del Mercadona de la Estación fue la cercanía. Los clientes no veían solo a cajeros, reponedores o encargados: veían amigos. Personas con nombre y apellido que conocían a las familias, que se interesaban por la vida de cada uno, que daban confianza y calor humano en cada compra. Allí en sus paredes quedan los nombres de muchos compañeros que no podría nombrar porque me dejaría a alguien.
Porque si algo caracterizó siempre a la tienda del Mercadona de la Estación fue la cercanía. Los clientes no veían solo a cajeros, reponedores o encargados: veían amigos. Personas con nombre y apellido que conocían a las familias, que se interesaban por la vida de cada uno, que ofrecían confianza y calor humano en cada compra. En sus paredes quedan los nombres de muchos compañeros, tantos que no podría nombrarlos a todos sin dejarme a alguien atrás.

Con la bajada definitiva de la persiana de esta tienda se cierra también una parte de la vida de aquellos adolescentes que, hoy convertidos en hombres y mujeres adultos con familia e hijos, vieron en aquel supermercado su futuro profesional de la mano de Mercadona, que entonces comenzaba a extenderse por toda España. Atrás quedan infinidad de recuerdos guardados junto al corazón, casi rozando el alma. Parejas que surgieron entre pasillos y que acabaron en boda, amistades que siguen vivas, momentos que marcaron una generación. Y si algún mal rato se vivió, el tiempo lo borró, porque los buenos momentos fueron muchos más y esos son los que permanecen.
Después llegaría el centro de Villarromán y también el de San Julián, repitiendo la misma historia de amor por el trabajo y de dedicación al trato diario con los clientes. Y ahora, mirando al futuro, el próximo 25 de agosto abrirá sus puertas el nuevo Mercadona de La Harinera, con compañeros de la Estación y de Villarromán que aportarán lo mejor de cada uno para dejar también allí su huella humana y laboral.
Treinta años después, lo que comenzó en la Estación como una aventura llena de incertidumbre y esperanza se ha convertido en parte de la vida de Cuenca. Una historia que no termina, sino que sigue escribiéndose día a día, con la misma pasión y con el mismo compromiso con las personas.
El Mercadona de la Estación no fue solo un supermercado: fue un pedacito de vida de Cuenca. Hoy sus puertas se cierran, pero en cada recuerdo, en cada anécdota y en cada amistad nacida entre pasillos, secciones y cajas, sigue latiendo su memoria. Treinta años después, aquella primera tienda se despide, pero nunca desaparecerá del corazón de quienes la vivieron.