Cheija, del Sahara a Cuenca

Verónica, una conquense de Arcas, que acoge a este niño saharaui desde hace tres veranos

Dicen que quien quiera ser grande sea el servidor de todos. Pero Verónica Ruiz no lo hace como una obra de caridad, sino que desde pequeña su casa era un hervidero de gente y se mostró convencida de que este tipo de acciones solidarias le salen solas. Donde hay dos platos caben tres, y en la habitación de su hijo puede dormir Cheija sin que haya que mandarle a la buhardilla. Necesita darse así, agradecida a la vida. Con su sonrisa pequeña dibuja en grande un deseo de cambio sociopolítico, pues no entiende que en los tiempos que vivimos haya gente sufriendo por la conquista de territorios «como si unos fuésemos más que otros». Así, su corazón abierto acoge con delicadeza y sin ella saberlo infunde esperanza a un pueblo que sufre con rostro y apellido.

«A mí me llama por mi nombre, otras veces cuando me escribe desde el Sáhara, pues igual me dice mamá, lo que él considera» (risas). Su hermana es tía Elena y sus padres los abuelos, con sus hijos discute también, pero igual que discuten Mario y Lucía. Se comunica por WhatsApp con su madre y le manda alguna foto, pero es su tía la que traduce porque también fue niña saharaui en vacaciones (su padre dice que ha muerto). En cuanto a Cheija, «estudia en el cole alguna hora de castellano, entonces, bueno… nos entendemos y él cada vez habla mejor», sonrió lanzando una mirada cómplice al niño.

Los ojos de Cheija lo dicen todo, atentos y blancos en medio de una piel y unos rizos envidiables. Aterrizó en Albacete gracias al programa Vacaciones en Paz y a la información de acogida que le había pasado su hermana, quien trabaja en la Fundación Mayores. «¡Lo tienes que hacer!», le recomendó a Verónica. «Mi marido y yo lo habíamos pensado un montón de veces, pero nunca dábamos el paso porque no conocíamos los detalles, pero ya te digo que aquí en Cuenca es muy fácil porque al final es un niño o una niña que va a convivir con tus hijos y ya está».

Cheija, niño saharaui en acogida/ Néstor Robaina

Este año ha habido problemas con los pasaportes colectivos y el vuelo que estaba previsto para el 7 de julio se retrasó, de manera que unos vinieron a Madrid y otros más tarde a Alicante. «Yo siempre le digo, ¿quieres venir más tiempo? Y él me dice que sí», con una satisfacción y empatía compartidas. «Entiendo que estar lejos de su familia es complicado, me pregunto qué le pasará por la cabeza cuando lo meten en un avión tantas horas, luego lo montan en un autobús hasta Albacete, serán horas y horas…». Y otro factor que influye es que las familias saharauis quieran enviar a sus hijos tan lejos y confíen en que les esperan buenas estancias.

Cheija nació en Esmara, una ciudad del Sáhara occidental, en un campamento de refugiados, su madre que tiene alrededor de 30 años ya nació en el campamento. «Hoy estábamos por el rastro y nos hemos encontrado con una mujer que lo ha visto y le ha preguntado si era saharaui, le ha dicho que ella fue niña saharaui y se quedó con su familia de acogida porque quería estudiar». Casualidades como esta, además hablando los dos en su idioma nativo, hacen que se sienta un poco más en casa, aunque ahora lo de quedarse sería más complicado. De todos modos, viniendo en verano consigue evitar un calor que allí puede alcanzar los 50 grados. «Con esas temperaturas es que solo puedes dormir», resopló Vero (y así es como el calor pierde su objetividad si es que alguna vez la tenía). Estará en Cuenca hasta el próximo 5 de septiembre.

Los tres «hermanos» posan felices con el merchandising que trajo Cheija de su país/ Néstor Robaina

Una misión en dos palabras: «Soy así»

«Es que no sé, creo que esto lo llevo yo… Mi madre siempre me dice ¡si tú te traías a todo el mundo a casa! Era como la necesidad de… no sabría decirte, soy así. No lo veo como si dijera ¡mira qué bien, qué obra hago! Yo lo veo como algo normal, que todo el mundo a lo mejor debería hacerlo, pero claro no todo el mundo lo hace» (risas). Es así como Verónica convierte lo extraordinario en algo ordinario. «Nosotros habitualmente somos cuatro, pues ahora somos cinco y cuando se va a es una tristeza quitar la silla», afirmó emocionada. «¡Pero si es que yo tendría la casa llena de niños, de perros… lo que haga falta!», mientras parece que escucha a su madre gritándole «¡no puede ser Verónica, esta chica siempre igual!».

De profesión es profesora, pero podría ser periodista porque se expresa divinamente, y todavía es más inspiradora cuando dice que no le supone un esfuerzo acoger a este niño en su casa. También como madre tiene algún consejo que no está de más: «Lo trato igual que a mis hijos y si toca regañarle pues lo hago porque al final es un niño de 11 años y hace travesuras igual que los otros dos». Además, Cheija cumple los años el 24 de julio y lo celebra en Cuenca: «Ya tiene amiguitos y se relaciona bien, allá donde tenemos que ir vamos juntos, ¿que nos vamos al pueblo?, todos para el pueblo, ¿que nos vamos a comer por ahí?, todos a comer por ahí, nosotros hemos sido un montón en mi casa con cuatro hermanos y no es una cosa rara ver a tanta gente a mi alrededor, cuando nos vamos de vacaciones somos trece y Cheija no se nota, ja, ja, ja». Ya esperan con ganas las Fiestas de San Julián porque «¡resulta que le gustan los toros!».

Los tres niños han hecho un buen equipo en sus convivencias veraniegas/ Néstor Robaina

Verónica cuenta anécdotas de todo tipo. El primer año le preguntaban: «¿En serio que este chico abre el grifo y se queda un rato mirando el agua?». Esta vez ha descubierto la campana extractora y se queda perplejo ante el milagro de la cocción sin humos. De hecho, está muy sensibilizada con el pueblo saharaui que acumula medio siglo de historia desde que España se retirara de la zona: «Tienen una situación bastante dramática, o sea, les expulsan de tu territorio y no saben cuándo van a volver, ni siquiera nacen en su tierra, se tienen que ir al medio del Sáhara a una tienda de campaña (a haimas de telas o adobe y chapas con suerte)».

Según explicó, hay ONG’s que les ayudan y les dan comida, pero es una alimentación basada en el arroz: «A Cheija le encanta el atún en lata, pero está acostumbrado a comer poco, venimos de una revisión médica que le han hecho una analítica, va bien más o menos» (con un silencio que dice más que las palabras). Ahora al abuelo le toca invitar a tomar un refresco, uno de los momentos favoritos de Cheija.

Y así, la libertad de Verónica es la que hace libre al Sáhara desde el pequeño pueblo de Arcas, a poco más de 10 kilómetros de Cuenca.

Almudena Collado

Redactora de El Digital de Cuenca. Nacida en Cuenca. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación en radio y televisión como Cadena COPE, CMM y profesora de Onda Radio en Universidad Francisco de Vitoria.
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