Hace diez años, cinco mujeres que apenas se conocían decidieron crear algo que entonces no era tan común, un centro infantil que naciera de la vocación, de la necesidad personal y, sobre todo, desde el corazón. Hoy, Telerines no es solo un lugar donde los niños aprenden jugando, es un espacio que ha ayudado a sostener a muchas familias de Tarancón cuando más lo necesitaban..
Cuando nació Telerines, no fue fruto de un gran plan empresarial ni de un estudio de mercado. Fue la respuesta vital de un grupo de mujeres a un entorno laboral que no les ofrecía salidas, a pesar de tener formación y pasión por la educación.
“Era la única forma que veíamos de trabajar en lo nuestro”, cuenta Elena Garrido Martínez, una de las fundadoras, socia y educadora infantil. “Nos lanzamos sin conocernos apenas. Además coincidió en su caso que era su primer empleo y con tan solo 27 años.
Un día Carmen, una de las fundadoras, nos dijo mientras estábamos tomando café que había estado mirando locales para construir una escuela infantil. Recuerdo decirles: ¿Estáis locas?”.

El pasado 1 de junio cumplieron una década desde su apertura en 2015, diez años después, siguen ahí. Unidas. Y convencidas de que aquello no fue suerte, sino entrega diaria. Lo han demostrado en momentos difíciles, como la pandemia, donde se vieron obligadas a cerrar durante seis meses e incluso temieron lo peor, pero resistieron.
“Si hace diez años nos hubieran dicho que íbamos a pasar por todo esto y seguiríamos aquí, no nos lo habríamos creído. Pero hemos aguantado. Porque lo hacemos con el corazón”.
En un país donde cada vez hay más centros y más oferta educativa desde edades tempranas, Elena tiene claro que la saturación y el enfoque saturado del sistema académico no siempre benefician a los niños, al revés son los principales perjudicados junto a los maestros.
“Se está aumentando cada vez más la ratio, tanto en las guarderías como en los coles, en la primera etapa de infantil, me parece una barbaridad que una profesora tenga que llevar 27 niños de tres años, porque al final ni tú puedes trabajar bien, ni los niños están bien atendidos, si a eso encima le añades que cada vez se están suprimiendo apoyos. Hay muy poca oferta de apoyo, de educadoras y al final se tienen que apañar”, comenta Garrido.
Telerines defiende el valor del juego como motor de aprendizaje, la necesidad de respetar los tiempos de cada niño y el compromiso con una educación emocional de calidad.
Más allá del enfoque pedagógico, Telerines también se ha consolidado como una respuesta real a las necesidades de conciliación de muchas familias.
“El gran problema de las familias no es solo educativo, es logístico. Hay padres que trabajan en agosto. ¿Qué hacen ese mes con sus hijos? La mayoría de centros cierran. Nosotras no. Y eso, para muchos, ha sido un salvavidas”.
Algunas familias lo han expresado con emoción. “Hay madres que nos han dicho: Me habéis salvado la vida.” Y se lo han transmitido no como una forma de hablar, sino como una realidad.

El dinero, el tiempo y la nueva realidad de las familias
Las educadoras de Telerines también han notado el cambio en el perfil de las familias: cada vez existe más presión económica y más preocupación por cuadrar cuentas. Las causas puede ser las precariedad en los contratos de trabajo, por lo que hay niños que están de manera intermitente con ellas cuando la familia se lo puede permitir o piden ayuda a familiares para salir del apuro.
“El dinero pesa, veo que la gente cada vez está más ahogada con el dinero. Hay familias que no pueden permitírselo y otras que tienen que sacar a su hijo cuando la despiden del trabajo”.
Aun así, reconocen que muchas familias hacen un esfuerzo enorme por darles a sus hijos ese espacio de calidad. Sobre todo por la confianza depositada en ellas de confiar en dejarles lo más preciado que son sus hijos.
Si hay algo que emociona en Telerines son las historias personales. Como la de Eli, una madre que atravesó momentos duros con su hijo y encontró en el centro un punto de apoyo. “Nos escribe cartas. Nos dice que fuimos luz cuando no veía ninguna. Que sin nosotras no sabría qué habría hecho.”
O el caso de aquel niño con implantes cocleares, llamado Miguel, que empezó en Telerines sin hablar y sin relacionarse porque la madre detectó que podría no oir. Allí, lo acompañaron en su proceso desde el principio y se sienten muy orgullosas de verlo ya más mayor disfrutar por las calles del pueblo. “Con lo que nos costó con él, verlo súper mayor y autónomo nos emociona. Le cogimos mucho cariño igual que a su mamá porque ha sido una de estas madres que se ha implicado a tope con la educación de su hijo”.
Son gestos así los que confirman que están haciendo algo bien. “Cuando un niño va a un centro y va contento es por algo, porque los niños si no están a gusto en un sitio no se querrían quedar, porque los niños al final dicen que son el espejo del alma y cuando tú ves que un niño le da a una profesora o a un profesor un beso y un abrazo, es porque ese profesor lo está tratando bien”.
A lo largo de estos años, el equipo de Telerines ha logrado algo tan difícil como esencial como es conservar el buen ambiente, la complicidad y la amistad entre todas sus integrantes.
“No somos solo compañeras. Somos amigas. Y eso se nota. Trabajar con buen rollo hace que todo fluya mejor. Con los niños, con las familias, entre nosotras.”
Y esa armonía se percibe. En el trato, en los detalles, en la energía que se respira al cruzar la puerta.
Cuando se les pregunta qué sueñan para los próximos diez años, no piden más metros, ni más alumnos, ni más premios. Piden seguir como ahora.
“Solo queremos seguir haciendo esto. Vivir de lo que nos gusta y, sobre todo, pues conociendo niños conociendo familias maravillosas”.
Con humildad, pero con orgullo, reconocen que lo que han construido no es casual. Es trabajo. Es fruto del esfuerzo, sacrificio y también de las cosas a las que han tenido que renunciar como pasar tiempo con sus familiares, parejas o hijos, algo que señala es doloroso.
En una época donde todo parece efímero, Telerines representa lo que permanece, aquello que se cuida y se hace con sentido. Por eso, al mirar atrás, no ven solo una década de trabajo, sino un legado.