Veintiocho años sin el obispo que marcó una época en Cuenca

Justo este martes es el aniversario de su muerte

Este martes, 15 de julio, se cumplen 28 años del fallecimiento de José Guerra Campos, obispo de Cuenca entre 1973 y 1996. Su figura, una de las más controvertidas de la Iglesia española en la segunda mitad del siglo XX, sigue despertando tanto admiración como rechazo. A caballo entre el pensamiento teológico, la política del franquismo y el inmovilismo moral, su paso por la diócesis conquense dejó un legado complejo, lleno de luces y sombras.

Guerra Campos nació en 1920 en Villalpando (Zamora), aunque se crió en Galicia. Se ordenó sacerdote en 1944 y durante la Guerra Civil Española sirvió como voluntario en el frente de la Sierra de Espadán, una experiencia que moldeó su visión de España y del papel de la Iglesia en ella. Fue teólogo, filósofo e historiador del arte, aunque su faceta intelectual quedó progresivamente eclipsada por sus posiciones ultraconservadoras.

En 1967 fue nombrado procurador en las Cortes por designación directa de Francisco Franco, lo que marcó su entrada en la esfera política. Su pensamiento colisionó pronto con las reformas impulsadas por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, principal defensor del aperturismo eclesial durante la Transición. Ese desencuentro terminó derivando en su nombramiento como obispo de Cuenca en abril de 1973, cargo en el que fue confirmado tras una prolongada etapa sin responsabilidades pastorales.

Durante sus 22 años al frente de la diócesis conquense, Guerra Campos mantuvo un perfil pastoral discreto. Apenas celebraba misa dominical y limitó sus contactos con el clero local, lo que generó críticas por su escasa implicación comunitaria. Sin embargo, impulsó un importante proceso de reestructuración parroquial en la capital, creando nuevas parroquias como Santa Ana (1984), San Julián (1987) y San Fernando (1995), y abriendo al culto la iglesia de San Felipe Neri (1990).

Entre sus principales logros también destacan la consolidación del Museo Diocesano, la instalación definitiva del Parador de Turismo en el convento de San Pablo y la colocación de vidrieras en la catedral de Cuenca. A nivel mediático, utilizó con intensidad el Boletín Oficial del Obispado y otros medios para expresar su rechazo a los cambios sociales de la España democrática: partidos políticos, libertad de expresión, derechos civiles o costumbres modernas eran blanco habitual de sus discursos.

Presentó su renuncia al Papa Juan Pablo II al cumplir 75 años, y fue aceptada el 26 de junio de 1996. Se despidió de la diócesis en la iglesia de San Fernando en una ceremonia acompañada por el arzobispo de Toledo y otros obispos castellano-manchegos. Volvió por última vez a Cuenca el Viernes de Dolores de 1997, para pronunciar el pregón de la Semana Santa. Falleció en Barcelona el 15 de julio de ese año. Su cuerpo fue velado en la capilla del Sagrario y finalmente enterrado en la girola de la catedral, frente al Transparente.

José Guerra Campos

Un legado que sigue dividiendo

A 28 años de su fallecimiento, José Guerra Campos continúa siendo un personaje polarizante. Para algunos, fue un obispo culto, firme en sus convicciones, coherente en la defensa de una Iglesia tradicional. Para otros, representó el último bastión del nacionalcatolicismo, una voz que se negó a evolucionar con los tiempos y que aisló a la diócesis conquense del espíritu renovador del Concilio Vaticano II.

Lo cierto es que su paso por Cuenca marcó una época y sigue siendo objeto de estudio, análisis y debate. Su figura, como la propia historia de la Iglesia durante la Transición, exige ser comprendida con profundidad y sin simplificaciones: entre la fidelidad a unas ideas inamovibles y los retos de una sociedad que pedía a gritos apertura, diálogo y modernización.

Rafael Torres

Nacido en Cuenca. Estudiante del Grado de Periodismo en 4 ° curso en la Facultad de Comunicación de Cuenca
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