Pasear por la Ronda Oeste, junto a la margen del río Júcar, lleva inevitablemente al ciudadano a contemplar una imagen tan desoladora como desconcertante: un amasijo de hierros y cristales conocido como El Bosque de Acero. Lo que pretendía ser un hito arquitectónico y un revulsivo urbanístico para Cuenca ha acabado convertido en un espacio abandonado, sin uso, sin mantenimiento y completamente ajeno a la vida de la ciudad.

El sueño frustrado de una obra faraónica
El Bosque de Acero fue concebido durante los años de la bonanza económica como un pabellón multifuncional de gran ambición, en sintonía con una época en la que muchos municipios apostaban por proyectos icónicos que dejarán huella. La idea era regenerar esta zona ribereña del Júcar, crear una infraestructura singular y dotar a la ciudad de un nuevo espacio cultural y de ocio.
El encargo se confió al prestigioso estudio Moneo-Brock, y su coste superó los 7,7 millones de euros. Las obras comenzaron en 2007 y el edificio se inauguró en 2010, pero pronto quedó claro que la ciudad no sabía qué hacer con él. Nunca tuvo una función clara. Se habló de biblioteca, de zona expositiva, de espacio ferial, incluso de invernadero, pero ninguno de esos usos cuajó.

Fracaso funcional y arquitectónico
Desde su apertura, El Bosque de Acero ha sido utilizado esporádicamente para algunas ferias y eventos sin gran repercusión, pero su diseño —basado íntegramente en acero y vidrio— plantea enormes dificultades de uso. Los problemas de climatización, acústica y mantenimiento han impedido que pueda albergar actividades estables.
«El Ayuntamiento no tiene recursos para mantener una estructura de este tipo. Los cristales rotos son caros de reponer, hay problemas térmicos, y el espacio no es funcional», explica a este medio un arquitecto conquense que prefiere mantener el anonimato. «Este tipo de arquitectura responde a una época en la que se construía para impresionar, pero no para durar. El Guggenheim de Bilbao creó escuela, pero no todos los municipios pueden sostener proyectos de esa envergadura.»

Una herida urbana sin cicatrizar
Actualmente, el recinto está completamente abandonado. Sin vigilancia, sin inversión y sin un uso definido, ha sido objeto de ocupaciones y actos vandálicos. Muchos vecinos lo consideran un auténtico «fantasma urbano» que afea el entorno natural junto al río y genera una sensación de dejadez institucional.
Fernando Ortega, arquitecto del Colegio Oficial de Arquitectos de Cuenca, coincide en que el mayor problema es estructural: «Para poder usarlo habría que hacerlo habitable, corregir el frío en invierno y el calor en verano. Se habló de convertirlo en parque o invernadero, pero cualquier opción requiere personal y dinero. Y el Ayuntamiento solo no puede.»

Silencio institucional
El Digital de Cuenca ha intentado contactar con el Ayuntamiento para conocer si existe algún plan para rehabilitar el edificio, darle una nueva función o simplemente asegurar su conservación. Desde el gabinete de prensa se ha declinado hacer declaraciones, lo que deja aún más desorientado al ciudadano que, al pasar por la zona, no puede evitar preguntarse: ¿Y esto para qué sirve?

Conclusión: del icono al olvido
El Bosque de Acero no es solo una estructura abandonada. Es el símbolo de una época de excesos, de decisiones políticas sin planificación a largo plazo y de una falta de responsabilidad en la gestión del dinero público. Hoy, más de una década después, Cuenca sigue arrastrando el peso de una infraestructura inútil que nadie sabe cómo salvar.

¿Se puede reconvertir? ¿Derribar? ¿Rehabilitar como parque urbano? Las respuestas no llegan, pero el problema sigue ahí, visible para cualquiera que pasee por la Ronda Oeste. Mientras tanto, el tiempo, el óxido y la indiferencia siguen ganando la partida.