El suicidio, un tema tabú que se cobra la vida de más de un conquense cada mes

En Cuenca, la tasa de suicidio por cada 100.000 habitantes es del 6,55%, lo que supone unos 13 casos al año en la provincia

El sufrimiento que lleva a una persona a quitarse la vida quizá no pueda desaparecer, pero sí se puede minimizar su impacto. Cualquier psicólogo especializado en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) lo lleva grabado a fuego: no hay que identificarse con los pensamientos molestos, solo hay que observarlos (o sea, defusionarse, en la jerga psicológica), como si fueran pasajeros molestos en un autobús o invitados desagradables a una fiesta. Es mejor no enfrascarse en la pelea con ellos ni tampoco evitarlos porque entonces uno se pierde la fiesta o no llega a su destino, y encima van a seguir estando ahí. Que se lo digan a Russ Hurris, el autor de “La trampa de la felicidad”, y a sus 98.000 seguidores que andan enganchados a sus ingeniosos videos en Youtube.

Hay que tener en cuenta un detalle. La mente está preparada para proteger de cualquier situación imprevista y, por eso, su trabajo es maquinar millones de recursos y prever millones de situaciones que puedan darse, pero a costa de generar una desagradable ansiedad en nuestro interior. A la mente solo hay que darle las gracias, pero no la autoridad. Así, el primer paso para minimizar el impacto del dolor es la comprensión hacia uno mismo. Todo depende del permiso que haya para tolerar los pensamientos y sentimientos desagradables que estén ocurriendo, como si se pudiera echar el ancla en medio de una tormenta y, simplemente, dejarla estar.

Los expertos consultados por El Digital de Cuenca coinciden en señalar que el miedo está detrás de que el suicidio se haya convertido en un tema tabú por tener cierto tinte de “fracaso social”. Fácilmente se echa la culpa al primero que pase por ahí, pero lo cierto es que pocas veces va unido a un problema de salud mental.

“Es difícil expresar lo que sientes”

La Universidad es el ágora donde buscar respuestas. Ricardo Martínez es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la UCLM. Considera que se trata de “un tema muy complejo” porque no solo es un tema tabú, sino que cuando una persona decide quitarse la vida por las razones que sean también “ha fallado algún dispositivo en el propio entorno”, ya sea, por ejemplo, que no exista ayuda profesional para hacer que esa persona cambie de opinión, que no tenga a alguien de confianza con quien hablar o sea una situación que se deriva de cierto aislamiento. Reconoce que “muchas veces es difícil expresar lo que sientes”.

“En el entorno que yo me muevo, que es un entorno universitario, el suicidio es un tema del que nadie habla porque es complicado”, reconoce. Pero hay una Oficina de apoyo psicológico para los estudiantes, de tal manera que aquel alumno que tenga algún problema psicológico, que se sienta solo o necesite algún tipo de ayuda puede hablar con alguien que le dé cierta confianza y le guíe en ese proceso de volver a ganar la autoconfianza que necesita para no tomar esa decisión.

Para Ricardo Martínez, hay que tener conciencia de que “esa decisión es irreversible”, por lo que hay que conseguir un equilibrio entre la impulsividad inicial y la imposibilidad de dar marcha atrás al final. En su opinión, cabe “una decisión razonada, bien meditada”, junto a la posibilidad de que un profesional intervenga ante un hecho concreto que le haya sucedido a alguien.

Además, entiende que se censura la conversación sobre el tema porque presupone cierto respeto a las personas que lo sufren. “Puedes pensarlo de un modo formal, más frío, que a lo mejor una persona no tenga un vínculo con nadie, no tenga nada y quiera suicidarse, pero realmente la gente siempre tiene algo que le importa, familia, amigos…”, razona. Sin embargo, no deja de ser un tema complejo de abordar: “Algunas veces el suicidio está derivado de un caso de acoso, de falsa autoestima por no tener una imagen que se ha vendido, un cuerpo no sé cómo, ser menos guapo, este tipo de convenciones sociales…”, lamenta con desahogo.

“¿Queremos entender las señales?”

En el libro “Entre el puente y el río”, que publica la editorial Nueva Era, el profesor de Psicología Javier Díaz presenta el que posiblemente sea el mejor testimonio ante un caso de un familiar cercano que se acaba quitando la vida. Su madre se suicidó cuando él era muy joven y lo único que le ha permitido gestionar la culpa ha sido una actitud de fe y de confianza en la Misericordia con mayúsculas, que es exactamente lo que está convencido que hay “entre el puente y el río”.

“Yo creo que la primera respuesta es el miedo”, empieza asegurando en el diálogo sin lugar a duda. Para Javier Díaz, la realidad del suicidio en la sociedad española conlleva cierto miedo porque todavía no se sabe mucho sobre este drama. Constata que ya pasamos de los 4.000 suicidios al año declarados y cada uno de ellos, según dicen los expertos, deja una herida grande en muchas personas: “¡Multiplica!”, exclama Javier, aludiendo a ese silencio social. Y, aunque no es la primera causa de muerte en España, sí es la primera causa de muerte no natural entre jóvenes entre 15 y 29 años, con una tasa muy alta en adultos, sobre todo, varones entre los 45 y 55 años, según los datos del Observatorio Nacional del Suicidio. En Castilla-La Mancha, se registraron 160 suicidios en 2023 del total de 4.116 casos. Concretamente en Cuenca, la tasa de suicidio por cada 100.000 habitantes es del 6,55% y está entre las ocho más bajas.

Para el autor del libro la causa no es única, sino que se atribuye a un problema multidisciplinar y multifactorial. Además, piensa que la forma correcta de hablar de ello es la que “no insensibiliza, ni romantiza, ni politiza”, y se hace eco de lo que dicen los expertos sobre que la realidad de la salud mental y el suicidio no van siempre tan de la mano: “Caeríamos en el error de pensar que todo el mundo que se suicida es porque tiene un problema mental, pues habrá gente que tenga un trastorno declarado y otra que tenga dificultades, una desesperación vital tremenda o múltiples causas”.

En su opinión, el hecho de que sea un tema tabú tiene que ver con el miedo a asumir un fracaso social: “Con el suicidio hay gente que se queda atrás y, de alguna manera, significa que no nos estamos involucrando en un verdadero acompañamiento y una escucha atenta a las dificultades de los demás”. Por otro lado, la culpa no deja de ser la emoción que corroe a los que se quedan. Aunque forma parte del proceso de duelo personal y familiar, del contexto de los supervivientes de cada suicidio, se convierte también en una cuestión social que “va más allá de culpar a los políticos que no han evitado tal desahucio o a los profesores que no han detectado el caso de bullying o a la sanidad…, y se crea una marabunta que solo consigue que miremos para otro lado”. A su juicio, hay avances respecto a planes de prevención, pero son “muy cortos”. Reconoce que los proponen expertos maravillosos, aunque lamenta que haya tanta burocracia: “A mí me ayuda no esperar a que otro haga algo, sino preguntarme qué puedo hacer yo”.

Insiste en que su libro no es un manual de prevención, ni de comprensión de la conducta suicida, sino el testimonio de una persona con fe que perdió a su madre, cuya fe también le había transmitido. No pretende que le guste a todo el mundo, solo contar algo que precisamente está silenciado y que por supuesto necesita una formación: “Yo sé que es la verdad porque esa verdad me ha ayudado a no silenciar el suicidio de mi madre, yo creo que Dios me ha ayudado a no agarrarme a ese tabú e intentar hacer mi vida”.

Javier Díaz sentía que tenía una misión escribiendo esas páginas. Sin embargo, traslada que detectar los casos cercanos no es sencillo, pese a que las personas en riesgo “dan señales en la mayoría de los casos, verbales y no verbales”. La problemática es verlas y actuar frente a ellas. A su modo de ver, hace falta querer entender la posibilidad real del suicidio, “es muy difícil aceptar que algo así puede pasar” y esa misma negación lleva a “no querer ver las señales”. Por supuesto ayuda una vigilancia 24/7 para paliar el riesgo inminente, pero no siempre funciona: “Las señales sueles entenderlas después, ves una nota o haces memoria, pero tienen un efecto muy culpabilizante, el ¡cómo no me di cuenta antes! golpea mucho”.

En definitiva, todos estamos implicados a la hora de transformar la sociedad en que vivimos y el suicidio es un drama, pero no la solución. Si acaso una oportunidad para despertar preguntas, descubrir otras salidas o meditar acerca del sentido de la vida. Ya ironizaba el cineasta Woody Allen con el tema en su película ‘Todo lo demás’: “Tengo ganas de suicidarme, pero tengo tantos problemas que esa no sería la solución”. En este punto una mirada sin prejuicios del lector seguramente dé luz a una realidad que habla tan bajito.

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Estrategia para la prevención del suicidio en Castilla-La Mancha

Almudena Collado

Redactora de El Digital de Cuenca. Nacida en Cuenca. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación en radio y televisión como Cadena COPE, CMM y profesora de Onda Radio en Universidad Francisco de Vitoria.
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